No éramos 300 y ellos eran un ejército de millones de fantasmas que son los más dificiles de dispersar con metralla. No éramos 300 y posiblemente sólo fuéramos uno dando vueltas alrededor de sombras que se mueven y te desconciertan. Y entonces fue cuando me superaron en número y en fuerzas y yo tenía pensada una estrategia. Lo aprendí hace mucho, tienes que saber cómo escapar para luego poder atacar. Yo tenía un plan A, un plan B y supongo que un absurdo plan C. Yo tenía varias vías de escape por las que huir y decir hemos perdido pero seguimos vivos. Es facil, ¿sabes? sólo tienes que pelear y luego salir por esa maldita puerta, disparando al aire hasta que veas que tienes las suelas de los zapatos gastadas. Yo dije, no son tantos un millón de fantasmas a los que batir si al menos somos 300. Pero no éramos 300 y ni siquiera éramos dos. Dos es un número que te da más del doble de coraje, valor y sangre homicida. Éramos uno y un millón son demasiados incluso para nosotros. Y cuando fracasaron el plan A, B y C, simplemente porque pasé de utilizarlos y me lancé a un combate a campo abierto, estaba perdido. Mira, yo contra un millón de fantasmas que se sabían más fuertes. Yo me lo creía. Y a mi me dijeron si crees, puedes. Y dije: que le den por culo a todos los planes del mundo que yo cojo ahora un cuchillo y me arrastro por el barro. Y ese es el mayor error que se puede cometer: ensuciar el traje para la foto, porque cuando se para la batalla para tomar un pincho a media mañana no quedas como el campeón de Hollywood. Las batallas de verdad se ganan estando limpio.
Sin planes para escapar me di cuenta de que estaba perdido cuando pensé que no éramos 300 y que ellos seguían siendo un millón. Y entonces toqué a arrebato y no vino nadie porque no había contra quien luchar. Y la gente miraba a un loco que daba golpes certeros al aire y se giraba contra si mismo, contra un enemigo que no estaba ni se le esperaba. Y cuando caímos al suelo, nosotros, que éramos uno. Cuando tocamos el suelo ya era tarde para todo. Y el enemigo, fantasma o no, había vencido, y ya no quedaba nadie. Todos se habían ido. Y todos los castillos en el aire se habían destruido al volver a casa. Y ya no éramos bien recibidos en ninguna de las casas, porque ya no éramos 300, dudo incluso que fuéramos uno, dudo que quedara algo de nosotros, no creo que pasemos a la historia, sólo es la historia de una derrota más.
Teníamos un círculo y nuestra única obsesión era cuadrarlo. Cuadrar el círculo es la obsesión. Y nosotros tenemos una linea recta (andante, semiparalela) que toca de un lado al otro el círculo y que a veces se convierte en un triángulo que parpadea. Parpadea porque no es un triángulo pero es una forma de tres puntas, rara, que es más dificil de descifrar que la cuadratura del círculo y por eso y porque somos hombres de ciencias nos hemos empeñado. Tú dices que según las necesidades del cuerpo humano es lógico y normal que el influjo del alcohol y la escasez de coeficiente de rozamiento en nuestras vidas haga que un simple Martes Santo pueda ser la solución básica para encontrar el cuarto punto que de lugar a un cuadrado que entre dentro de un círculo de perversión, malicia, desenfreno y otras características ajenas a nosotros que estamos dentro del cuadrado. Yo, más humilde soy, y creo que en la fauna animal de loros que se posan en hombros encontraremos un cuarto punto, que aunque no es demsiado homogeneo, puede ser la solución básica. Y ella pone a prueba los dos puntos en una prueba de facultades sin facultad y demuestra empiricamente que ninguno de los dos puntos está dentro de la linea que forma nuestras vidas, así que deshecha la idea y desmonta todas nuestras teorías como se puede tirar un café al suelo un día cualquiera. Así que volvemos al punto de partida en el que cuadrar el círculo es la obsesión, pero a mi, a veces, si me gusta este color.
Pum. Y aquí todos estamos mirando al muerto, al humo de la pistola y nadie mira a quien ha apretado el gatillo.
Y el muerto no es Liberty Valance, amigo. ¿Pero quien tuvo cojones a dispararle? Lo único que hizo Liberty fue luchar con sus cartas marcadas a fuego y darse cuenta demasiado tarde de que en el fondo también él quería estar del lado de la ley.
Esta es otra historia de piratas que navegan por mares de arena entre litros de whisky refinado con varias porciones de queroseno y agua. Es otra historia de gente que recoge un papel a la entrada del decorado y luego nunca lo quiere. Lo esconden, lo guardan bajo siete llaves en la caja fuerte del burdel. Es otra histyoria de silencio, viento silbando y calor. De ventanas que se cierran solas y miradas que no se ven. De mucho silencio, de esperar siempre, de forma interminable, hasta que de nuevo aparezca Liberty con su mueca interminable de oreja a oreja, con un cigarro mal liado y mal quemado.
Pero entonces, ¿quien es el hombre que yace en el suelo? No te importa, asi que no preguntes. No nos gusta la gente que hace preguntas porque implica que se unen nuevos actores a esta farsa y tu no sabes la cantidad de ellos que hay. ¿Sabes dónde está la puerta? Si no quieres hablar con ésta, sería un detalle que te fueras por allí.
Pero hoy debe de haber rodaje porque hay voces y un muerto en el suelo y ha desaparecido Liberty Valance y no queda ron en el saloon y las putas están en huelga. Y hoy sólo nos queda gritarle a Zapata con tequila en la mano y llorarle al muerto, que dicen que está muy vivo.
Era su casa o su vida, era al menos el lugar en el que le apetecía estar desde hacía mucho tiempo. Quería cerrar las ventanas, tapiarlas con maderos viejos para defenderse del revólver de algún indio perdido. Quería aparecer y desaparecer y no volver nunca más a beber. Quería hacer tantas cosas desde que era un niño y sólo se veía capaz de conseguir una. Había gastado su vida luchando contra enemigos invisibles y ahora sólo le quedaba un título con el que poder escribir.
Decían que era el lider, no paraba de encontrarse con gente que le decía lo bueno que era y todo lo que había conseguido. Había, cierto, pasado. Eso le retorcía la cabeza y varios órganos necesarios para sobrevivir. Seguían diciendo que era el lider y tenía que tirar del carro, y ese carro cada día pesaba más y sus piernas cada vez podían menos.
Si, es un gigante, no podreis tumbarlo, he visto tantos gigantes caer del mismo lado, todos los gigantes caen, es la URSS, amigos, hoy murió Stalin. Si, creen que pueden tirar el muro, pero eso es imposible, mira, ha caído y siguen dando coletazos, siguen vivos. Viven. Eso dicen: viven.
¿Dónde está el lider? Dime dónde está y cuentame el porqué, dime por que no esta hoy aquí, es viernes y hoy toca reunión. Porque ya no viene por aquí, ¿que le habéis hecho malditos? Están todos, les esperan, si , dicen que son sus seguidores, que lo aprendieron todo de él, que es su maestro.
Y entonces entró. La puerta se abrió de par en par, la mirada altiva, la cara arriba, las manos temblorosas y no por un exceso de alcohol. Dame una cerveza. Dame una alhambra. Ohh, ojalá pudieras darme una Sagres. No, ya lo se, no siempre se llega a la meta.
Entró y se sentó en la misma mesa, en el mismo sitio, con la misma pose, la misma media sonrisa de miedo, incertidumbre, de no saber muy bien hacia dónde iba. ¿Dónde vamos? Si tú lo sabes dímelo ya. Estaban todos, siempre están todos, nunca fallan. Eso lo podía tener muy seguro, siempre habría un carro para tirar de él.
Y si, recuerda, los mismos nervios, los mismos zapatos que el día de la comunión y la misma escena de Western para el que pasaba por allí y no sabía de que iba nada. Y amigo, eso es lo mejor de la vida al más puro estilo bayadoliz, porque los hijos de puta que se reúnen allí saben montar la misma escena cada fin de semana y acabar siempre leyendo la obra maestra de David González aunque tenga que cambiar el protagonista. Y el chico que va a llegar lejos y el de los ojos azules y el aprendiz y todos, absolutamente todos, estan allí con el mismo cosquilleo ante un nuevo tiroteo.
Que vienen los indios, joder, que vienen ya. Agarraos los putos cojones ahora que luego habrá que tener el dedo en el gatillo. Y él, yo o quien fuera. Porque nunca supe si era yo o el personaje me había suplantado, ya no tenía ganas de disparar al aire porque es lo que llevaba haciendo cuatro meses. Dispararle a un enemigo invisible que se escondía fuera del mundo real.
Y ponme otra cerveza más, que esta noche voy a tirar del carro. Aunque nos lleve la puta muerte por delante pero vamos a morir como sólo nosotros sabemos. Y mañana dirán que yo no era un hombre valiente, ni siquiera estaba en mi mejor momento, pero en el fondo tuvo los cojones de salir al campo de batalla a defender a los suyos.
Quizá porque estaba hasta el culo de Anís "El Mono" y me había metido una caja entera de barbitúricos, que es lo que se lleva entre la jet set española, se me ocurrió que podía asomarme a la ventana del salón y vocearle al vecino de enfrente que era un gilipollas, que es posiblemente una de las palabras más bonitas de la lengua española porque la o se dice con una fuerza tan grande, que es la única letra que se entiende perfectamente a las 5 de la mañana en un bar infestado de putas y yonkis (también conocido como la juventud española). Y mi vecino, que tiene la española costumbre de dormir la siesta para poder poner Gran Hermano a todo volumen por la noche, y así saciar sus ansias de carne fresca fuera de internet, creyó que no era una gran idea que yo le calificara con un adjetivo, que creedme, me parece precioso. Así que mientras mis pulmones se vaciaban de todo el aire contenido para poder pronunciar la o de gilipollas, decidió que debería levantar su mano derecha y elevar su dedo corazón en un gesto de aprecio hacia mi persona. Y mientras me alegraba por su bonito gesto, me entristecí porque no estuvieran en este momento pasando por Victor Gallego los redactores del 20 minutos (si es que existen esas cosas, que todavía no se ha demostrado), la caravana de Jorge Javier o un espía del Marca para poder grabar para la posteridad el gesto y así, mi vecino pudiera dar conferencias por 3000 euros en las universidades o cobrar indemnizaciones millonarias por sentarse en un banco a tomar el sol los domingos.
¿Me lo estás diciendo a mi?, ¿de verdad que me estas señalando con tu dedo? Oh, si, tú, el adalid de la libertad, estás intentando ahora darme lecciones de moral. Mírame, venga, mírame y dime a la cara lo que de verdad quieres decirme, o incluso atrévete a decirme lo que le dices a otros. Aquí me tienes, de pie y esperando a que por fin des un paso adelante. Yo llevo aquí desde el principio aunque me hayas querido colocar en otras casillas del tablero, pero sabes, yo ya no juego a este juego. No quieras que cambie las normas del juego ahora porque no fui yo quien hizo estas normas. Te voy a contar un secreto ahora que ha llegado el momento: No se con que normas está jugando la gente y a mi se me olvidó dejarme un As en la manga para sacarlo en la mano final. Y aquí, la gente, habla mucho y dice que esto es como Los Inmortales, y yo no vi la película y no se como tiene que ser la escena final, asi que sigo en mi casilla, viendo como pasan a mi lado un montón de fichas. Y hay balas como en Matrix y a mi no me da la elasticidad para tanto y puede ser verdad, yo no valgo para hacer una película de acción. Pero hoy no hablábamos de eso, creo. Asi que comienza por el comienzo, ¿me lo estás diciendo a mi?
La niña de mis ojos, la que me hace sonreir siempre, la que, aunque ahora nuble mi vista con lágrimas, si estuviera me haría reir. La que me va a compañar siempre en mi viaje a dónde sea. La que nunca se va a ir. .G.
Sabía exactamente lo que pensaba porque yo también miraba a los tejados de vez en cuando, buscando una respuesta o su figura o un reloj que atrasase el tiempo. Y dos años más tarde sigo mirando a los tejados, cada vez menos, porque cada vez quedan menos tejados pero mas puentes para cruzar ríos; y se acaban las explicaciones lógicas para la desparición de tejados y sólo se ve un cielo luminoso de noche y un claroscuro de día. Y los niños miran con ilusión al cielo y ven que es un sitio magnífico que no veían antes porque edificios grises lo tapaban para proteger los ojos inocentes, pero inocentes seguimos siéndolo y por eso nos asomamos a la ventana a buscar respuestas que no queremos conocer.
En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.
Te lo dije o me lo dijiste tú, hermano, compañero, o nos lo dijo alguien a ambos dos pero realmente lo sabíamos desde hace mucho tiempo; cuando decidimos que era mejor esperar en la ladera del Jarama a ver que pasaba y cómo transcurría la guerra porque no nos sentíamos con fuerzas de empuñar un arma otra vez.
No teníamos fuerzas de empuñar un arma, nosotros, que hemos sido guerrilleros con puñales hechos de la espalda de un arbol milenario que crecía en aquellas tierras dónde nacimos. Pero no teníamos fuerzas.
Y de repente apareció, el Che o Franco, no se quien era y dijo hemos ganado y nosotros aplaudimos y lo celebramos bajo las estrellas de la noche madrileña con un cigarrillo que llevábamos tres meses guardando y que nos limpió los pulmones de tanta pólvora y tantos años y tanta gente y tanta sangre.
No teníamos fuerzas pero avanzamos con paso seguro, de aquí a allá, entre derrotados o supuestos derrotados que se guardaban un revólver en el tobillo por si podían morir matando. Y el aire en la capital parecía limpio aunque hubiera portales con rejas dónde se guardan sentimientos y vidas y el amor de aquellas mujeres que se vieron en el frente con un Marlboro y las piernas abiertas, y el corazón, cerrado, muerto, apagado de mentiras y el dolor de no volver a ser nunca todo igual.
Y la noche estrellada y limpia que tú leías a Quevedo y yo a Góngora y se entendían y nos entendíamos y algo cambiaba y era el aire que ya no soplaba tan fuerte y no llovía y no nevaba y no mataban y empezaba la Guerra fría, pero era en otra parte del globo y por eso el cigarrillo sabía a Victoria.